Hoy, unos cuantos años después, aquí seguimos, preguntándonos día a día como hacer misión, como ser solidarios, como acercarnos a los demás. Aparentemente lo tenemos muy claro, se nos llena la boca de palabras cuando hablamos de solidaridad, de justicia, de amor, de fraternidad…Y sin embargo nos cruzamos cada día con muchos prójimos a los que somos incapaces de tenderles nuestra mano, prestarles nuestro hombro.Reconozco que la mayoría de las veces me preocupa más quién está cerca de mi, que de quien me hago yo “prójima”. Pero nuevamente ahí está la Palabra, tan antigua ya tan actual, para interrogarme y hacerme reflexionar.
Jesús ya se encargó hace tiempo de hacernos sus prójimos, de acercarse a nosotros para hacernos ver que pocos eran los que se acercaban a los que sufrían, a los que nos necesitaban, a los que nos nadie arropaba. Para ayudarnos a comprender que hace más el que se rasga las vestiduras para compartirlas con los demás que el que da lo que le sobra.
Un religioso, un levita y un samaritano…¿y cuál es el que practica la misericordia?, pues el que nadie esperaría: el samaritano. Y así es la vida misma, aquellas personas que pasan inadvertidas, que nos parecen extraños, que les juzgamos por lo que son y no por como son…esas son las que de verdad siguen las huellas de aquel loco de Nazarteh que dio su vida entera por nosotros.
Ojalá pueda yo ser así, practicar la misericordia, tender mi mano y servir, siempre servir. Porque quien es mi projimo ya se encarga Él de mostrarmelo cada día, en lo cotidiano.
Unidos.


