domingo 14 de septiembre de 2008

Señales cotidianas

Esta es una reflexión cotidiana, que escribí en un día cotidiano en Zaragoza. Fuí a la Expo y tuve la gran suerte de alojarme en un cole.

Amanece en Zaragoza. Es lunes, y hoy no es un día cotidiano, no. Se celebra la vuelta al cole.

Me encuentro en un cole de la Escuela Pía. Las voces de los niños me terminan de despertar y de un salto me levanto de la cama. Me asomo a la ventana y con millones de sentimientos admiro asombrada las reacciones de esos pequeñuelos que empiezan el cole por primera vez, o de aquellos que están asombrados de verse tan crecidos, e incluso de los que se reencuentran con sus maestros que entre abrazos y besos les reciben.


Reina un importante y admirable espíritu de alegría, fraternidad y encuentro. Con las imágenes que se van clavando en mi corazón empiezo a soñar despierta y me imagino entre la algarabía, quizá es que tengo demasiada capacidad imaginativa o a lo mejor es que me muero de la envidia, no lo sé. Lo que tengo claro es que pagaría por encontrarme entre esa multitud con una bata en mi brazo, e incluso con ella puesta, un símbolo de la docencia.

Quizá, como me suele decir mi amiga Paula, todo tiene su momento y las cosas siempre suceden por algo...pero una nunca termina de acostumbrarse a que ante sus ojos se sucedan imágenes de las que desearía formar parte.

Volviendo a esas imágenes, y dado que me encuentro en un colegio calasancio, recuerdo a San José de Calasanz, patrón de los maestros y uno de los más importantes pedagogos de la historia. Él, preocupado por los problemas de su época supo contribuir muy positivamente al progreso educativo, a la modernidad. En continuo reciclaje de ideas y de formación, y con una cuidada y exquisita manera didáctica de enseñar a aprender ¡qué grande Calasanz!.

Después de estar un buen rato apoyada en la ventana y con la baba ya asomando, decido que es momento de adecentarme. Una vez acicaladita salgo de mi habitación derechita al comedor para desayunar y reponer fuerzas. Sigo oyendo las voces de niños y maestros y mientras camino me imagino las escenas. Subo al comedor, y admiro a los hermanos que andan por allí preocupados de que nada nos falte (ea, ese Calasanz sigue calando hondo). Mientras degusto mi zumito, mi cafelito y unas buenas tostadas me imagino esa gran sala repletita de niños comiendo, con sus manías y sus gustos.

De repente, con el ruido de alrededor, hago silencio en mi misma, ¡raro en mi!, y caigo en que ésto no me está sucediendo porque si, en que a lo mejor es una señal.

¡Y tanto que lo era!.

En lo cotidiano, pequeñeces.

Continuará...

2 piensan que...:

caballerotrueno dijo...

Calasanz y sus cosas... Más actual que nunca.

José Fernando dijo...

Ohhhhh... ¡Qué bonito!
No sé si te lo creerás, pero hasta hoy te relacionaba con ese colegio. Encantado de saberlo. Por cierto, si paso por allí, y lo haré, porque muy seguramente haya estado incluso dando una vuelta por tu clase, preguntaré por ti.
¡Qué recuerdo más amargo tengo del gran tatami! ¡Todavía me duele algún hueso!