Dejaron muy pronto los estudios, sabiendo leer y escribir, y sin embargo ambos eran tremendamente cultos, si, cultos: Sabían sembrar, cuidar las plantas y recoger los frutos. Y es que aunque en esta época quien más quien menos tiene estudios paradojicamente hemos perdido el arte de la agricultura.
Todos hablamos de amor, de amistad, de fe, de esperanza, de ilusiones, de sueños...pero pocos se atreven a apostar desde abajo, desde esa semilla que posee todas las cualidades genéticas para llegar a dar un buen fruto.

Hoy me acordaba de mis abuelos, especialmente, con el Evangelio.
Porque todo es como la semilla de mostaza, es pequeñita y sin embargo bien cuidada se llega a convertir en una hermosa planta, fuerte y robusta.
Puede parecer que los tenga idealizados, se trata de mis abuelos, pero es que ellos supieron desde su debilidad, sus heridas y su pequeñez, sembrar desde abajo e ir cuidando, podando, regando, abonando...y al final de sus vidas fuimos testigos de esos frutos, de esa familia unida ante ellos, de esos vecinos y amigos que lloraban su pérdida.
Nosotros, ahora, tenemos el ejemplo, sabemos como lo hicieron, sé como lo hicieron.
Aprendimos de ellos "el arte de" de la huerta, de las viñas, del cereal...
Aprendimos de ellos la seriedad, la confianza, el amor mutuo, la fidelidad...
Aprendimos de ellos a SEMBRAR.
Ahora solo me queda saber ponerlo en práctica, ¿podré?...de mi depende.


Hoy, unos cuantos años después, aquí seguimos, preguntándonos día a día como hacer misión, como ser solidarios, como acercarnos a los demás. Aparentemente lo tenemos muy claro, se nos llena la boca de palabras cuando hablamos de solidaridad, de justicia, de amor, de fraternidad…Y sin embargo nos cruzamos cada día con muchos prójimos a los que somos incapaces de tenderles nuestra mano, prestarles nuestro hombro.




