
Iban al mismo colegio y compartían pasillo. Ella tenía diecisiete años, él quince.
Por alguna extraña razón, incomprensible para muchos, aquel chico pagaba su mal humor con ella, la insultaba, la empujaba llegando a caerse por las escaleras en alguna ocasión, le hacía burla siempre que podía. Para ella ir al colegio se había convertido en un infierno, sus momentos alegres se tornaban grises siempre que se cruzaba con él, quien con un irónico humor le hacía entristecer.
Pasaban los días y aquella chica alegre y llena de vitalidad cada vez estaba más triste y sin ganas, y él seguía haciéndola sufrir a cada momento.
Sus compañeros cada día se quemaban más con la situación pero ella les pedía que no dijeran nada. A ella le paralizaba el miedo a posibles represalias si confesaba su situación porque él era hijo de una profesora del centro.
Un frío día de invierno, en el recreo, ella salió con sus compañeros a la cafetería cercana al colegio a tomarse un buen café que la templara, por fuera y por dentro. A la vuelta, allí estaba él con sus amiguetes, sentado en los bancos cercanos al colegio. Ella debía pasar por su lado porque tenía que volver a clase, y como siempre cuando se cruzaba con él, agachó la cabeza y pasó, pero a él no le daba ninguna vergüenza y en un alarde de gracioso le dio un golpe en la cabeza a la vez que la insultaba. Ella explotó a llorar, no podía creérselo, estaba sumamente entristecida. Sus compañeros, los que siempre la apoyaban, le dieron un ultimátum: o vas a hablar tú con la directora, o vamos nosotros. Momento en el cual apareció la profesora de Filosofía, que desde su máxima discreción se acercó a ella y la apartó del resto, le preguntó qué era lo que ocurría. Ella no podía articular palabra, solo acertó a decir: Esto es un infierno, no puedo más, no le aguanto más. La profesora insistió y ella terminó confesando, tras lo cual la docente la envió a dirección a pesar de la negativa de ella.
La acompañó una compañera, una buena amiga, la de siempre, la que nunca la dejó sola en sus años escolares.
Allí, frente a la directora, su miedo era palpable y no podía dejar de llorar. Una vez más tranquila sacó todo lo que llevaba dentro, temía por las represalias pero a cada palabra se sentía más a gusto.
Él fue “invitado” al despacho de dirección y ante ella, su compañera y la directora negaba lo sucedido, ocultándose tras una falsa imagen de “chico bueno”. Pero sus negativas duraron poco. Ya ante su madre terminó admitiéndolo a la vez que la amenazaba a ella en voz baja diciéndole que aquello le iba a “costar caro”.
La madre del chico, y profesora del centro, se acercó a ella quien temblaba pensando en lo que podía sucederle. Pero su miedo se borró cuando la profesora le dijo que a pesar de tratarse de su hijo era un alumno del centro que debía acatar las normas de convivencia como cualquier otro. Ella respiraba tranquila, por primera vez en tantos meses se sentía “protegida” en cierto modo.
Aquel chico fue expulsado varios días del centro, y además se le abrió un expediente porque sumado al trato recibido por la chica había varias, muchas, situaciones de mala educación y falta de convivencia con profesores y otros compañeros.
Ella tardó en recuperarse de aquello, pero desde entonces respiraba más tranquilidad, a pesar de que cruzarse con él le seguía dando un poco de miedo, que poco a poco se fue disipando. Volvió a ser la chica alegre y llena de vitalidad de siempre, aquella que a pesar de vaguear iba al colegio feliz y participaba en todo, siempre intentando alegrar a los demás.
Del colegio se llevó lo mejor, las vivencias más felices. Pero en un rincón de su corazón está guardado este recuerdo. Este recuerdo que pocas veces ha salido a la luz, ésta es una de ellas.
Por alguna extraña razón, incomprensible para muchos, aquel chico pagaba su mal humor con ella, la insultaba, la empujaba llegando a caerse por las escaleras en alguna ocasión, le hacía burla siempre que podía. Para ella ir al colegio se había convertido en un infierno, sus momentos alegres se tornaban grises siempre que se cruzaba con él, quien con un irónico humor le hacía entristecer.
Pasaban los días y aquella chica alegre y llena de vitalidad cada vez estaba más triste y sin ganas, y él seguía haciéndola sufrir a cada momento.
Sus compañeros cada día se quemaban más con la situación pero ella les pedía que no dijeran nada. A ella le paralizaba el miedo a posibles represalias si confesaba su situación porque él era hijo de una profesora del centro.
Un frío día de invierno, en el recreo, ella salió con sus compañeros a la cafetería cercana al colegio a tomarse un buen café que la templara, por fuera y por dentro. A la vuelta, allí estaba él con sus amiguetes, sentado en los bancos cercanos al colegio. Ella debía pasar por su lado porque tenía que volver a clase, y como siempre cuando se cruzaba con él, agachó la cabeza y pasó, pero a él no le daba ninguna vergüenza y en un alarde de gracioso le dio un golpe en la cabeza a la vez que la insultaba. Ella explotó a llorar, no podía creérselo, estaba sumamente entristecida. Sus compañeros, los que siempre la apoyaban, le dieron un ultimátum: o vas a hablar tú con la directora, o vamos nosotros. Momento en el cual apareció la profesora de Filosofía, que desde su máxima discreción se acercó a ella y la apartó del resto, le preguntó qué era lo que ocurría. Ella no podía articular palabra, solo acertó a decir: Esto es un infierno, no puedo más, no le aguanto más. La profesora insistió y ella terminó confesando, tras lo cual la docente la envió a dirección a pesar de la negativa de ella.
La acompañó una compañera, una buena amiga, la de siempre, la que nunca la dejó sola en sus años escolares.
Allí, frente a la directora, su miedo era palpable y no podía dejar de llorar. Una vez más tranquila sacó todo lo que llevaba dentro, temía por las represalias pero a cada palabra se sentía más a gusto.
Él fue “invitado” al despacho de dirección y ante ella, su compañera y la directora negaba lo sucedido, ocultándose tras una falsa imagen de “chico bueno”. Pero sus negativas duraron poco. Ya ante su madre terminó admitiéndolo a la vez que la amenazaba a ella en voz baja diciéndole que aquello le iba a “costar caro”.
La madre del chico, y profesora del centro, se acercó a ella quien temblaba pensando en lo que podía sucederle. Pero su miedo se borró cuando la profesora le dijo que a pesar de tratarse de su hijo era un alumno del centro que debía acatar las normas de convivencia como cualquier otro. Ella respiraba tranquila, por primera vez en tantos meses se sentía “protegida” en cierto modo.
Aquel chico fue expulsado varios días del centro, y además se le abrió un expediente porque sumado al trato recibido por la chica había varias, muchas, situaciones de mala educación y falta de convivencia con profesores y otros compañeros.
Ella tardó en recuperarse de aquello, pero desde entonces respiraba más tranquilidad, a pesar de que cruzarse con él le seguía dando un poco de miedo, que poco a poco se fue disipando. Volvió a ser la chica alegre y llena de vitalidad de siempre, aquella que a pesar de vaguear iba al colegio feliz y participaba en todo, siempre intentando alegrar a los demás.
Del colegio se llevó lo mejor, las vivencias más felices. Pero en un rincón de su corazón está guardado este recuerdo. Este recuerdo que pocas veces ha salido a la luz, ésta es una de ellas.



3 piensan que...:
Noeeee actualiza ya jopeeee
Besitos :D
gracias por compartirlo ;)
gracias por abrirte
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